JAVIER MARIAS. Mañana al escribir piensa en él

FOTO: Antonio Heredia / El Mundo

“Se ha muerto Marías”, nos dijo al entrar en casa, sin tiempo para saludarnos, para introducciones, sin que hubiésemos entrado todos, sin margen para otra cosa. Sin preámbulos, sonaron cuatro palabras urgentes que al pronunciarlas servían a la emisora para poner a prueba su incredulidad antes que su pena. Antes que anunciar el final de un mito y el comienzo de la leyenda, que de hecho es lo que hacían, al receptor le llegaron esas palabras como un estruendo, con el sonido de los golpes secos e inesperados, un trueno amplificado por el final de la frase: Marías. 

Son indigestas esas tres primeras palabras cuando se escuchan. Pero si terminan con un referente, con el escritor que te permitió leer la prosa más incisiva y profunda que has conocido y eso te llevó  a conocer más, a pensar mejor, a ver mejor, a ir más seguro o tranquilo por saber que se podían describir y pensar así las cosas,  por tanto, y saber más sobre lo que somos y nos decimos, sobre lo que sabemos y nos callamos, sobre lo que sospechamos y deseamos y ocultamos, sobre lo que hacemos o no nos atrevemos a hacer, sobre casi todo lo que compone la textura de la vida vista por un humano; si terminan con un hombre cuya mera existencia, saber que estaba vivo a la vez que tú, era suficiente, en general, o para cuando necesitaras una dosis de autoridad en particular y en mitad de tanto ruido; si terminan con Marías, como de hecho ocurrió, esas cuatro palabras detienen el tiempo. 

Y así fue. Sigue siendo, en parte, días después. Detenidos, esas palabras nos llevaron a la certeza de la fragilidad, al eco de su obra, a la buena lengua española, a la búsqueda de información con preguntas inútiles, que ya nada podían hacer, por parte de quien ignora qué ha pasado y quiere de alguna forma poner freno a lo imparable e irreparable, a lo ya ocurrido. Queríamos que Marías no hubiera muerto, que el día hubiese llegado para cualquiera de los hombres mediocres o malvados, o las dos cosas, que pisan la tierra, que mucha gente es prescindible antes que un genio, eso era Marías. 

Antes que anunciar el final de un mito y el comienzo de la leyenda, que de hecho es lo que hacían, al receptor le llegaron esas palabras como un estruendo

Eso pensamos y eso deseamos después de aquellas palabras. Siendo honestos, sin embargo, y a esto nos enfrentamos leyéndole, bien que preferimos ese anuncio al cruzar la puerta que el de la muerte de alguien más cercano y querido, un padre, una hermana, un amigo, no me atrevo ni a escribir un hijo, y qué decir de uno mismo. “Uno no lo desea, pero prefiere siempre que muera el que está a su lado, en una misión o en una batalla”. 

Que el anuncio terminara con “Marías” anunciaba, eso es lo que de verdad estaba pasando, un vacío. Literario, en primer lugar, de estilo, de fondo, para mucha gente. Pero también deja más empobrecido el campo de opinión, que alcanza más espacio social, por más que todos seamos hoy grandes columnistas de lo breve y nos sintamos grandes protagonistas de la historia que no hicimos. Con Marías sabías que no habría concesiones, que solo leerías integridad y bastante sentido común, una voz incómoda para los amantes del exceso verbal y populistas de todo pelaje, para los incondicionales de la revolución frente a la reforma, y en general, para toda forma de estupidez. 

No hay creadores de contenido ni plataformas suficientes para compensar u olvidar tan pronto el luto, hacer ver que murió uno más, que no hay drama cuando se escribe y se publica tanto. Seguro que literatura sí hay. El mejor homenaje a Javier Marías puede ser salir a buscarla o a reencontrarse con ella.